Mari, hay quien dice que los cuentos de princesas de esos que empiezan con “Érase una vez…” y terminan con un “fueron felices y comieron perdices” han hecho muchísimo daño a toda una generación. Siempre terminan justo después de la boda, nadie nos dice qué pasó tras la luna de miel, seguro que a falta de fútbol, él se pasaba los domingos por la tarde viendo las justas de caballeros y ella, sin tiendas a las que ir de shopping, estaba todo el día entre tejedores y sastres. Vamos, que probablemente la rutina terminó por romper la pareja después de que ambos se tirasen los trastos a la cabeza. Antes un matrimonio era para siempre, suerte que por aquella época la esperanza de vida estuviese en torno a los 30 años.

 Lo cierto es que los cuentos no tienen culpa ninguna de que hayamos idealizado estas historias, el fallo es nuestro ya que no los hemos sometido a una revisión para adaptarlos a la actualidad. Actualizamos nuestro estado de Facebook varias veces al día, sin embargo seguimos tragándonos estas fábulas tal cual están, sin variar ni un sólo punto y coma desde entonces. ¿Qué te parece si revisamos el cuento de la Cenicienta? Con unos cuantos cambios la protagonista de esta historia podría ser tu prima la de Cuenca, la camarera que te sirve el café todas las mañanas, la chica de tu oficina que trabaja en el departamento de administración o incluso tú misma. Así que vamos allá…

Punto número uno. Los príncipes azules de los cuentos son ciencia ficción, vamos, que no existen (te lo digo yo, que estoy harta de ir besando sapos). Un sapo siempre será un sapo, no intentes cambiarlo, él es así, por lo que si no te gusta lo tienes tan fácil como dejarlo y probar con otro. Pero cuando creas que has encontrado a tu príncipe, ten cuidado porque seguro que termina por desteñir. Al principio él te parecerá perfecto, no es que el amor sea ciego, es que estás enamorada y hasta arriba de adrenalina, por lo que incluso sus manías más odiosas para ti serán adorables: que no baje la tapa del wáter, que beba a morro del tetrabrik de leche, que deje el lavabo hecho un asco después de afeitarse, que no se quite los calcetines para… (bueno, ya sabes). Si tras un par de meses de convivencia sigues aguantando este tipo de cosas, sin desear estrangularlo, es el amor de tu vida, deja de buscar.

Punto número dos. Siguiendo con la ciencia ficción, se supone que Cenicienta encuentra a su futuro marido en un baile, lo que en la actualidad vendría a ser una discoteca… ¡Claaaaaro! De hecho, ¿quién no tiene alguna amiga que encuentra el amor de su vida todos los sábados por la noche? Mari, tú y yo sabemos que a según qué horas y en según qué ambientes, puedes encontrar infinidad de cosas, pero no una pareja, y mucho menos un chico de esos por el que estarías dispuesta a ponerte un vestido de novia (con lo gorda que hace el blanco) y pasar por el altar. Así que mejor busca en el Fnac, en la inauguración de una exposición de arte o en la cola de la taquilla de un cine, quizá ahí tampoco encuentres nada, pero un poco de cultura nunca está de más.

Punto número tres. Las hermanastras no envidiaban el chulazo que se había echado Cenicienta como novio, ellas lo que querían eran sus zapatos (los chicos duran un suspiro, los zapatos son los nuevos diamantes y son para siempre). Y es que ríete tú de las egobloggers y su afán por estar estupendas de cara a la galería, el postureo no es nada nuevo, ya lo inventó Cenicienta allá por el Pleistoceno. Lo único es que por aquella época aún no tenían conexión a Internet, por lo que la chica no podía instagramear sus selfies ni poner un enlace de la tienda online donde adquirir los zapatos que había llevado al baile.

Punto número cuatro. Las 12 de la noche ya no es la hora en la que tienes que salir corriendo, ahora el momento exacto en el que hay que huir es justo antes del “cigarrillo de después”. Recuerda, nunca hay que quedarse a dormir: no hay ropa harapienta ni calabaza, pero sí hay rímel corrido y pelo enmarañado, por no hablar de las incómodas conversaciones matutinas. Y es que un chico nunca debería verte “al natural” hasta que no le hayas pedido el divorcio, para que te deje tranquila y firme cuanto antes. Es únicamente llegado a este punto cuando debes mostrarte ante él sin lentillas, ni maquillaje, ni pestañas postizas, ni uñas de gel, ni Wonderbra, ni Spanx, ni tacones…

Punto número cinco. La Cenicienta del siglo XXI ya no va perdiendo zapatos de cristal (¡con lo que cuesta encontrar zapatos…!), como mucho, sale corriendo y se olvida unas bragas que creía haber guardado hechas un higo en el bolso. ¿Conclusión? Hasta que no tengas una pareja estable no te gastes mucho en lencería, no merece la pena. Total, para dejarla olvidada entre sábanas de camas ajenas…

*Artículo originalmente publicado en el Issue nº14 de RUDE Magazine.