Todo el proceso del embarazo lo hemos llevado a cabo a través de la sanidad pública, y cuando estábamos de unos 5 meses o así nos ofrecieron la posibilidad de asistir a las clases de preparación al parto que impartían en el propio centro de salud. Decidimos apuntarnos porque era gratis y bueno, el saber no ocupa lugar. ¡Y porque al ser gratis hay que aprovecharlo! (Como dice mi madre, “si es gratis, aunque duela…”)

Así que allí nos presentamos el primero de 6 días mi chico y yo. Se trataba de una sala colindante a la consulta de la matrona que estaba llena de fitballs, colchonetas de suelo y posters con imágenes de bebés y consejos sobre sus cuidados. La verdad es que en un primer momento ambos pensábamos que las clases serían de otra manera. Quizá un poco más prácticas que teóricas, ya que hoy en día está todo en internet y tampoco te van a enseñar nada nuevo, pero está bien para compartir dudas con la matrona y otras parejas; y para darte cuenta de que tus miedos no son tan extraños sino que los compartes con el resto.

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El primer día nos quedamos con cara de póker cuando la matrona nos repartió una serie de tarjetas con preguntas y nos obligó a hacer “intercambio de parejas”. No, no de ese tipo de intercambios (menos mal, también te digo…) sino buscar a un miembro de otra pareja para hacerle las preguntas, memorizar sus respuestas y luego “presentarlo” al resto de la clase. Yo soy de ponerme como un tomatito muy rápido y además tuve la tremenda suerte de ser de las primeras en hablar… a eso hay que añadir que con los nervios suelo quedarme en blanco y rellenar los silencios con absurdidades. ¡Vamos, que aquello fue un sueño para mí! Jajaja.
La matrona comentaba que todas las parejas coincidiríamos en muchas futuras citas ginecológicas e incluso en el pediatra y era bueno que nos conociéramos, pero la verdad, eran tipos de personas muy dispares y con las que difícilmente conectamos. Sobre todo porque a pesar de que todos éramos primerizos, éramos de los más jóvenes de la clase. Es muy impactante ver como ha cambiado tan radicalmente la edad para comenzar a tener hijos, ya que alguna mamá primeriza incluso rondaba los 42 años.

El sistema era un poco arcaico en plan diapositivas de power point que podíamos ver a duras penas con un proyector (y tipografía Comic Sans por supuesto). A esta “modernidad”, hay que añadir un vídeo de los años 80 editado en Suecia sobre la lactancia materna de la mano de la doctora Gro Nylander (Gromenagüer decíamos nosotros) que nos pusieron un día y que nos hizo sufrir un ataque de risa a Antonio y a mí, como cuando estás en el cole y no puedes parar de reír tapándote la cara hasta con el abrigo… ¡Sin duda me quedo con ese momento!

Solo en un par de clases nos enseñaron a hacer ejercicios prácticos para ejercitar el suelo pélvico y cómo realizar los pujos el día del parto, para que en caso de estar bajo los efectos de la epidural y no sintiéramos nada, ser capaces de controlar la dirección de empuje… ¡Una movida! Porque además nos recomendaron no practicar en casa, ya que podía provocar contracciones y que a lo mejor se desencadenase el parto… ¡Mejor que no!

En resumen, nuestra experiencia ha sido buena y hemos podido resolver algunas dudas sobre la lactancia e incluso los engorrosos procesos burocráticos y todo el papeleo a la hora de registrar a la bebé y demás. Aunque también he de confesar que nos ha servido para darnos cuenta de que no somos una pareja al uso y que realmente estamos juntos en esta aventura. ¿Cómo se nos dará? Eso ya no lo podemos saber, pero creo que lo haremos bien y divertido, que es lo importante…