¡Ay Mari! Qué bajonazo el último día de las vacaciones, hacer las maletas, cargar el coche, llegar a tu portal, subir en el ascensor con tu vecino del séptimo, la maleta, el perro y oliendo aún a protección solar, entrar por la puerta de tu casa, cerrarla tras de ti, dejarte caer de rodillas al suelo, llorar muy fuerte y preguntarte por qué con 20 años rechazaste a aquel madrileño de apellido compuesto. Ahora no tendrías que trabajar, vivirías en unas vacaciones perpetuas y no tendrías que aguantar a Gutiérrez, el pesado de administración. Pero claro, eras una pobrecita ingenua que creía en el amor. ¡Anda que se te iba a escapar ese braguetazo ahora!

Habrá quien te diga que septiembre no está tan mal y que eso de la depresión postvacacional es un invento de los psicólogos e incluso habrá publicaciones que te digan que lo mejor para afrontar la rentrée es un plan détox, a base de batidos verdes y mucho running. Tú, Mari, ni caso. A continuación te doy 5 consejillos para que se te quite ese rictus de amargura que me llevas últimamente, que hay cosas mucho peores en la vida que volver a la oficina, como por ejemplo que te claven astillas en los dedos o encontrarte a un ex justo después de hacerte una limpieza de cutis.

Piensa en positivo, sólo quedan 11 meses para las vacaciones. Déjame que mire el calendario, si seguro que tenemos un montón de puentes y cuando nos queramos dar cuenta ya estamos en Navidad y… Vale, te estoy deprimiendo más, ¿verdad?

Ya va tocando cambio de armario, hay que guardar las sandalias y los shorts. Empieza a sacar la ropa de invierno, decide qué te quedas y qué no, guarda la ropa de verano pero no la de entretiempo. Ahora que tu casa parece un Zara en el primer día de rebajas, ya eres consciente de que el infierno no es precisamente tu oficina. Le vas a regalar un montón de horas extras a tu jefe, redactarás informes como una loca, ordenarás todos los expedientes de los últimos 10 años alfabéticamente, te irás de afterwork con Gutiérrez… Cualquier cosa con tal de no volver a tu hogar.

Pon tu mejor voz de enferma y llama al de recursos humanos de tu trabajo. Dile que estás fatal y que no fue buena idea pedir ensaladilla rusa en el chiringuito de la playa. Vale que así sólo estás postergando un poquito la vuelta al averno, pero al menos te librarás de anécdotas y fotos de vacaciones ajenas que como ya es tradición se intercambian tus compañeros de oficina el primer día de trabajo.

Estas vacaciones nada más levantarte te cascabas unas mimosas. Pero claro, para pasar el día en una cama balinesa en la orilla de la playa esa cantidad de alcohol era más que suficiente. Querida, para ir a la oficina vas a necesitar algo más fuerte. Prueba con un café irlandés doble para desayunar. Nada malo puede depararte la tierra que vio nacer a Jonathan Rys-Meyers o que adoptó a Michael Fassbender.

Déjalo todo. Deja el trabajo, deja al zagal con el que llevas 2 meses, deja de pagar el alquiler o la hipoteca y lárgate corriendo con tu pelo suelto ondeando al viento a lomos de tu unicornio rosa. Pero Mari, llegados a este punto, lo que tienes que dejar con urgencia son los estupefacientes.