Después de un embarazo envidiable (según me comentan muchas mamás) en el que no he tenido molestias destacables, ni retención de líquidos, tobillos hinchados, dolores, náuseas ni nada por el estilo, he de admitir que no todo ha sido un camino de rosas. Las últimas semanas se me hicieron un poco cuesta arriba por varias razones.

En la semana 32 más o menos me dieron la baja médica porque empezaba a encontrarme algo pesada y cansada (¡claro chica, llevas una barriga de 8 kilos!). Además el estrés del trabajo no nos venía nada bien ni a Mia ni a mí. Dediqué el tiempo que me quedaba hasta el día del parto a terminar de organizar la ropa de Mia, su dormitorio, preparar la maleta del hospital, hacer ejercicios de pilates con la fitball, cocinar para almacenar miles de tuppers en el congelador, aplicarme los masajes perineales, aprovechar el tiempo al máximo con mi pareja,… pero sobre todo descansar.

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Cada semana que pasaba, me encontraba más cansada y torpe. Andando me parecía cada vez más a un pingüino con las patitas atadas, moviéndome de lado a lado y con las caderas abiertas. ¡Así era muy difícil mantener la feminidad al caminar! La única posición en la que me sentía más o menos bien era acostada en el sofá. Recordemos que soy una persona hiperactiva y me resulta muy difícil estarme quieta, pero es cierto que en esas semanas era un despojo humano y no hacía NADA absolutamente. El cuerpo es sabio y se prepara para un esfuerzo tan grande como es el parto.

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El día de mi cumpleaños, en el que apenas quedaban 5 días para dar a luz, mi chico quiso invitarme a un restaurante italiano y después de comer y pasear un rato le pedí por favor volver a casa para ocupar mi puesto en el sofá, que ya tenía la forma de mi culo, taparme con la manta y ponerme una maratón de alguna serie. ¡No podía con mi cuerpo! Ya cualquier paseo era agotador. Tenía que sentarme cada media hora y si subía escaleras, necesitaba unos minutos para recuperarme, como si acabase de correr la maratón de Nueva York.
Si tengo que ser sincera, ni siquiera la postura del sofá me resultaba cómoda del todo ya que si me ponía del costado derecho, Mia se ve que esa postura no le gustaba y me clavaba los pies bajo las costillas. Señal que me indicaba desde casi la semana 33 que ya estaba colocada cabeza abajo. Eso y los recurrentes episodios de hipo que le daban, que los notaba más abajo casi en la ingle, me tranquilizaba mucho ya que no quería vivir una cesárea. Este malestar se acentuaba por noche, cuando la moza empezaba su fiesta privada y le daba por bailar flamenco. Daba igual la postura que adoptase. La más cómoda para mí era sin duda boca arriba, pero no aguantaba mucho tiempo así. La mejor según había leído era tumbada de mi lado izquierdo, que además es la más recomendable adoptar a lo largo de todo el embarazo. Pero claro, ese lado ya lo tenía desgastado, casi romo. A veces incluso se me quedaba dormido. Dormir con el cojín de lactancia me ayudó mucho ya que al estar de lado y tener el cojín entre las piernas, no me dolía la cadera.

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Aunque Mia podía venir en cualquier momento, fue a partir de la semana 38 cuando empezamos a estar un poco más expectantes. Tenía el presentimiento de que echaría de menos mi tripa de embarazada, así que nos hicimos las últimas fotos a modo de despedida. Es difícil de explicar, pero ahora que ya no la tengo, la recuerdo con un poco de melancolía. Supongo que me puedo permitir decir eso porque no ha sido realmente molesta, ni he tenido estrías, ni nada. Aunque entiendo a aquellas mamás que están deseando volver a su cuerpo porque no se encuentran a sí mismas cuando se miran en el espejo. Yo sin embargo me veía bien y me gustaba.

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En general, miro atrás y veo lo rápido que han pasado estos 9 meses y lo que lo hemos disfrutado tanto mi pareja como yo y pienso que no tendría ningún problema en repetir. Quizá todo esto signifique que la naturaleza me ha dado un cuerpo ideal para hacer bebés. Pues habrá que aprovecharlo, ¿no?

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