Desde antes de que mi hija viniera al mundo, ya estaba completamente entregada a ella. Cuando aún estaba en la panza, cuidaba de lo que comía, de lo que cargaba en peso, del ejercicio diario… Y una vez que nació, me convertí en un McAuto 24horas de la leche materna. Éramos agapornis inseparables, porque nunca sabes cuándo va a querer comer ya que le doy el pecho a demanda.

Sin embargo, llega un día en el que se alinean los planetas, el viento sopla a favor y el sol brilla con más intensidad y te planteas después de muchos meses, separarte de tu retoño no por trabajo, que es algo inevitable, sino por ocio (o visto desde otro punto de vista, por necesidad). Pero no es algo que puedas improvisar. Es un crimen muy premeditado, porque necesitas saberlo con tiempo, extraerte la leche necesaria y congelarla o refrigerarla. Aún así decido que lo mejor es darle el pecho para dejarla dormida, y solo usar las reservas de ese oro blanco en caso de extrema necesidad, si se despierta de noche llorando desesperada o hay una emergencia.
Y me veo en la cama, tumbada a medio hacer, con la raya de un solo ojo pintada y el pelo recogido en cutre-moño. Obviamente el día que más temprano quiero salir, es el día que más tarde se duerme Mia. Son casi las 11 de la noche y ya me voy olvidando de cenar en la calle. Con suerte no me quedo dormida a la vez que Mia. Habrá que pensar solo en una copita. Literalmente. Si bebo más alcohol no podré darle el pecho a la niña en las próximas 500 horas… o tener varias tomas congeladas, algo que no es fácil conseguir cuando ya produces solo la leche que la bebé necesita. La verdad es que no compensa, lo mires por donde lo mires.

Cuando por fin se duerme tumbada en la cama, me “recojo” el pecho, me termino de vestir, me pinto la raya que me faltaba a oscuras procurando no parecer un mapache y salgo a hurtadillas de la habitación, con los tacones en la mano. ¿Recordáis esa sensación de llegar a casa demasiado tarde de fiesta y tratar de no hacer ruido para no despertar a los padres? Pues igual, pero a la inversa… Besitos a mi chico, “¡pórtate bien!, cuidadito con los ligues, bla, bla, bla“… ¡Ya estoy en el coche! Enciendo la radio y pongo MáximaFM para animarme. ¡La noche es mía! Bueno, lo que queda, porque ya son casi las 12 de la noche. He quedado con mi hermana después de mucho tiempo para una noche de charla, confesiones y risas. Me vengo muy arriba y lo primero que me pido es una caipirinha, por eso de quitarme el mono. A partir de ahí, todo son refrescos. Pero a pesar de todo, consigo desconectar. “Olvidarme” (muy entre comillas) por unas horas de que soy madre y poder hablar de otras cosas.

Peeeeeeero… como la Cenicienta que llegadas las 12 de la noche se le convierte la carroza en calabaza, en mi caso se me convirtieron los pechos en cántaras. No cabían en mí. Ya era hora de volver a casa si no quería explotar en medio de la terraza donde estábamos. Había sido una buena noche. Me lo había pasado muy bien. No es necesario beber alcohol para ello y así al llegar, pude darle el pecho a Mia, que parecía que me estaba esperando y al olerme llegar empezó a llorar. Nos tumbamos los tres en la cama y me quedé de nuevo dormida dándole el pecho y cruzando los dedos para que no madrugase mucho.

Puede que mis noches hayan cambiado un poco, pero yo no las cambio por nada.