Desde que nos conocimos Antonio y yo, hace ya unos 7 años, [ya os contaré algún día esta historia porque es curiosa y tiene como protagonista la difunta red social de Tuenti, no digo más!!] hemos estado muy unidos y contando siempre el uno con el otro. Nuestra relación se ha caracterizado por tener como base una buena amistad en la que nos gusta mucho hacer cosas juntos y tenemos mucho en común. Sin embargo, un día nos paramos a pensar y nos dimos cuenta que en poco tiempo ya no íbamos a ser solo él y yo. En unos meses dejábamos de ser dos para ser tres, y sería para siempre.

No es que pensemos que una vez que nazca nuestro retoño no podremos hacer nada, porque realmente pensamos que eso está en cada uno y todo es cuestión de organizarse [aunque como nos han dicho ya mil veces “cuando seáis padres, comeréis huevos“]. Pero si que es verdad que nos planteamos que quizá era buen momento para hacer un último viaje juntos. Consultamos con la matrona si había algún inconveniente para viajar y volar fuera de España y me tranquilizó diciéndome que no tendría ningún problema. Lo único que tenía que tener en cuenta es que en las compañías de vuelo low cost, por ejemplo, a partir de la semana 28 ya no te dejan volar. Y en el resto de compañías como máximo en la semana 32. Supongo que entre otras cosas, debe ser porque es un marrón atender un parto en pleno vuelo… No es muy recomendable que el vuelo dure muchas horas ya que si son más de 5-6 horas de vuelo, tienes que pincharte para evitar trombos. “Antonio, no hay más que hablar. Elegimos un destino cercano. sorry!“. Pero si es menos tiempo, con pasearte de vez en cuando es más que suficiente para favorecer la circulación de las piernas. Ciertamente cuanto más cerca estás de la fecha de parto, más miedo da alejarse de hospitales de “confianza” pero realmente no hay ningún problema. Así que nos liamos la manta a la cabeza y elegimos destino: Londres. Mi chico aún no lo conocía y tenía muchas ganas de ir con él porque sabía queda le iba a encantar la ciudad.

En mi maleta no faltó ropa cómoda (y calentita, que no veas las temperaturas que se gastan en la capital británica ya por el mes de noviembre), zapatillas tipo Stan Smith también lo más cómodas posible para poder recorrer toda la ciudad de arriba a abajo, un bolso bandolera para poder llevar el móvil y las manos libres, y poco más. Por supuesto, siempre con mi historial médico a cuestas, por lo que pudiera pasar. Pero cero preocupaciones. Lo teníamos todo preparado. ¡Nos esperaban varios días de no parar!

El vuelo fue genial y no tuve ningún problema. Es verdad que para evitar que me preguntasen y aprovechando que tenía poca barriga, me tapaba al pasar los controles y nadie me dijo nada. Una vez llegamos a Londres, nos recogieron unos amigos que viven allí y que son lo más. Nos acogieron en su casa y organizamos muchos planes juntos. Es verdad que mi ritmo se vio un poco ralentizado y algo torpe por eso de estar embarazada de casi 7 meses, llegando a tropezarme por la calle más de 15 veces (contadas). Tenía que hacer descansos de vez en cuando y comer casi cada 3 horas. El consumo de energía era muy alto y mi cuerpo me pedía “gasolina”. Incluso un día que nos pilló lloviendo (sino no sería Londres) y habíamos caminado ya muchísimo, mi cuerpo me dio un toque de atención con un par de contracciones en medio de Trafalgar Square que por poco me da algo, con la consiguiente cara blanca de mi chico. Pero nada preocupante. Me paré a sentarme un rato y todo volvió a la normalidad.

Fueron 4 días inolvidables en los que paseamos por las calles de Londres, visitamos monumentos, museos y tiendas. Incluso tuvimos la suerte de disfrutar de un día muy soleado que nos permitió pasear junto al Río Támesis desde el Buckingham Palace hasta el Tower Bridge. Fue una gozada volver a descubrir esta cuidad de la mano de él y con nuestro retoño en camino.

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