“¿Dónde están las llaves? Las tenía en la mano hace dos segundos…”

Se puede decir que soy una persona bastante organizada y estoy siempre pendiente de muchas cosas a la vez en mi día a día. El ritmo de vida que llevo unido al trabajo que desempeño en el campo de la publicidad, que ya se sabe que es muy estresante, ha hecho que cada vez acumule más cosas en la cabeza hasta el punto de olvidarlas o tener algunos despistes. Aunque nada que no se pueda solucionar con una buena gestión de agenda, alarmas en el calendario del móvil, y post-its por doquier.

Pero es cierto que desde que estoy embarazada esos despistes menores (y algunos bastante peores) se han convertido en garrafales y se apoderaron de mi persona. Un día, por ejemplo me estaba peinando y tenía el pelo cargado de electricidad estática, como si me hubiese frotado con un globo. El pelo parecía tener vida propia y querer escapar de mi cabeza como si no existiera la gravedad, además de pegarse a la cara… Vamos, ¡muy desagradable! Decidí echarme un poco de laca para que al menos se pegase un poco y no me molestase tanto. Cojo el bote de debajo del lavabo y cuando empiezo a echármelo por toda la cabeza siento que huele raro, que no huele mucho a laca… Me estaba echando el desodorante de mi chico ¡en el pelo!. “¿Hola?. Pero ¿qué me pasa?.”

Otro día el coche nos avisó que el nivel de aceite motor estaba bajo. Yo recordaba que en el maletero teníamos un bote que nos había sobrado de otra vez y me dispuse a echarlo. Cuando ya estaba vertiendo el líquido, escuché a mi chico gritar “¡¡¡Noooo!!!, ¡¡¿qué haces?!!“… Estaba echando líquido de frenos en el depósito del aceite. ¡¡¡Por poco nos cargamos el coche!!! Bueno.. me cargo el coche. ¡Qué desastre!

Una de las frases que más repito a lo largo del día es: “¿Dónde está mi móvil?”. Lo “pierdo” cada 10 segundos, aunque siempre en los mismos sitios: mis propios bolsillos, en el fondo del bolso, en el baño, bajo montañas de ropa, debajo de la agenda,…

Esto solo era la punta del iceberg de una sucesión de catástrofes en las que cada vez los despistes eran más absurdos. Empezaba a preocuparme pensando que el embarazo me iba a dejar lela, pero por lo visto es muy típico.

¿Os acordáis de la rave de hormonas que había en mi cuerpo? Pues es la causante de todos estos despistes y torpezas. Durante el embarazo pueden sobrevenirnos problemas de concentración, despistes, olvidos… debidos a los cambios hormonales que reducen el tamaño de las neuronas y alteran su interconexión, modificando las sustancias que se encargan de enviar señales bioquímicas entre ellas. Otros estudios demuestran que también puede existir una alteración en la función cognitiva, lo que provoca una mayor dificultad para adquir nuevos conocimientos o para recordar eventos que han pasado. Vamos, que me he vuelto gilipollas.

A todo lo anterior hay que sumarle también que todo se me cae de las manos al suelo. Y entre el volumen de mi tripa y la agilidad que me caracteriza en estos momentos, recoger cualquier cosa del suelo es toda una odisea. “¿Me pasará también cuando tenga al bebé? ¡¡Me lo voy a tener que coger con esparadrapos a las manos!!”. Esto se debe a la relajación de las articulaciones y la retención de líquidos, que pueden provocar que las embarazadas sujetemos los objetos con menor firmeza y seguridad.

En principio no debo preocuparme siempre que sean eso, pequeños despistes. Si ya veis que empiezo a hacer cosas raras, decídmelo por favor, porque puede ser algo más serio, relacionado incluso con principio de depresión. Aunque no creo que eso me pase a mi.

Básicamente no me queda otra que aprender a vivir con ellos. Solo será un tiempo (espero) y tengo la suerte de tener a mi lado al sol de mi marido que me ayuda, me orienta, me recoge las cosas del suelo y me soporta a pesar de todo 🙂