¿Las sandalias o las Victoria? ¿Gafas de sol redondas o las clásicas Wayfarer? ¿Me llevo los pantalones largos rotos o unos shorts descoloridos? Qué dilema, esto de ir de festival es más duro de lo que parece. Al final, la mochila acaba abultando más que tu maleta facturada para pasar dos semanas de vacaciones en Punta Cana; pero es que claro, el postureo tiene un precio (más allá de tu salud lumbar).

¿Qué pasa con los festivales? ¿Por qué han dejado de ser el destino alternativo de cada verano por excelencia y se han convertido en una plaga imparable a la que todo el mundo quiere ir?

Mientras que la vecina del quinto estuvo el verano pasado en el Arenal Sound, viendo a grupos de los que no había oído hablar en su vida; tu amigo, el moderno, se fue a al FIB a ver a bandas con nombres más difíciles de descifrar que una canción de Shakira.

Lejos quedan aquellos días a finales de los noventa en los que el incomprendido amante del britpop; de Blur, Oasis y Pulp, se pasaba todo el invierno ahorrando para poder pagarse un abono del Festival de Benicàssim, una de las pocas ocasiones en las que podía ver a grupos británicos de este calibre, queridos por una minoría relativa (y creciente) de fans: los verdaderos melómanos alternativos.

El poder de los festivales es inabarcable: te dicen cómo vestirte, a qué grupos escuchar y lo importante que es mostrar por todas las redes sociales lo bien que te lo estás pasando, cerveza en mano.

Parece ser que hemos llegado a un punto en que la música indie ha roto con lo alternativo y se ha masificado. Decir hace diez años que escuchabas a Radiohead podría haber resultado en una mueca de desconocimiento; hoy, si el interlocutor no ha escuchado nunca Ok, Computer, cava su propia tumba (hablando en el más cultureta sentido de la palabra).

¿Y, qué es lo positivo de todo esto? Además de los beneficios culturales, la expansión de música nueva que, de otra forma, quizá no hubieran descubierto miles de personas, es una de las mayores ventajas. Ciertamente, los festivales no dejan de ser fiestas masivas aderezadas con buena música en directo, de gran cantidad de estilos; pero es este último el rasgo más positivo de todos: la mezcla cultural, el descubrimiento de nueva música con que alimentar estos días de verano entre mojito y mojito. Un buen aliciente para que, hasta el pueblo más perdido que te puedas imaginar, proponga un cartel con unos cuantos grupos nacionales emergentes y acerque a algunos de sus seguidores a sus tierras. Nos encontramos en la era de los festivales, en la que el marketing incide especialmente en estos, porque el público joven sabe lo que quiere, y estos eventos poseen un tirón imposible de ignorar.

Este jueves 28 da comienzo el Primavera Sound en Barcelona, el que quizá sea considerado mejor festival de España, así que deja de pensar qué pantalones llevarte y empieza a reflexionar sobre si el viernes prefieres ver a Belle & Sebastian o Perfume Genius. Lo verdaderamente imprescindible que hay que llevar consigo a un festival son las ganas, lo demás es secundario.

¡Menos diademas de flores y más bailar!

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