Amy. Así se llama nuestra querida mascota. Es un pinscher miniatura que lleva con nosotros ya casi 7 años. Desde que llegó a nuestras vidas ha sido la reina de la casa. Todos los mimos y atenciones eran para ella. Se podría decir que la tenemos un poquitito mimada (sobre todo Antonio, ejem, ejem) ya que le encanta estar acurrucada en los huecos que encuentra en el sofá lo más pegada posible a nosotros. Cuando nos quedamos embarazados nos preocupamos mucho pensando cómo se sentiría con la llegada del nuevo miembro de la familia. No queríamos que esto se convirtiera en Juego de Tronos, una lucha a sangre fría por el trono de reina de la casa.

Según he leído, el tener una mascota en casa es incluso beneficioso para el bebé ya que fortalece su sistema inmunológico y son niños que tienen menos afecciones respiratorias. Además les ayuda a ser más sociables y a tener un mayor sentido de la responsabilidad. Teníamos claro que para el bebé no había problema (en principio) pero, ¿y para Amy?. No queríamos que se sintiera ignorada ni “destronada” con la llegada del bebé así que decidimos hacerlo paso por paso y de manera muy cuidadosa para evitar que sufriera de celos.

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Durante el embarazado le poníamos sonidos de bebés llorando apoyado con refuerzo positivo, como una chuche, caricias o palabras cariñosas. Eso evitaba que en un futuro, cuando escuchase al bebé llorar, se pusiera nerviosa o agresiva. También era importante que tuviera todas sus vacunas al día y estuviera desparasitada. Eso no era problema porque nosotros cuidamos mucho su salud e higiene.

Lo primero que hicimos cuando ya había nacido Mia pero aún estábamos en el hospital fue llevarle el gorrito que le habían puesto a Mia al nacer para que lo oliera. Su reacción fue de nerviosismo, efusividad y, aparentemente, de emoción.

El día de nuestra llegada lo teníamos todo estudiado. Primero entró Antonio para saludarla y darle muchos mimos ya que esta perra tiene devoción por él (no se porqué será, casi no la tiene mimada…), y detrás entré yo con Mia en el maxicosi (Sillita grupo 0+ del coche). Daba saltos y gemía como llorando. Teníamos que tener cuidado porque a pesar de que es una perra muy buena y que la tenemos bien educada, es muy nerviosa y se mueve bruscamente. Además su principal objetivo, después de meterse en el mosiés con Mia, era lamerle la cara. Cosa que evidentemente no podíamos permitir, pero procuramos no gritarle ni reñirle. No queríamos que lo relacionase con algo negativo. Lo que hacíamos, siempre hablándole con mucha calma y en tono cariñoso, era tratar de distraerle con otras cosas, llamándola para que se acercase a otro lado o cosas así.

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Cuando pasaron los días, el interés por meterse en el moisés de Mia se fue pasando. Pero cada vez que lloraba, Amy se acercaba a nosotros llorando también como avisándonos de que teníamos que atender a la bebé. Era muy curioso y una señal  muy positiva, porque aparentemente no había cogido celos de Mia. Al contrario, parecía que su objetivo era protegerla. Le sigue dando mucha curiosidad porque a veces, mientras le cambiamos el pañal sobre el sofá, Amy se acerca para olerle la cabeza. Lo que está claro es que jamás debemos dejar a ambas solas o sin vigilancia, ya que nos preocupa que trate de subirse a su moisés y acabe tirándolo al suelo, o que le lama la cara o las manos.

De momento todo está bien. Amy sigue recibiendo por nuestra parte todo el amor y cariño que solíamos darle, sin notar la diferencia. Aún no ha podido interactuar mucho con Mia porque es demasiado pequeña, pero ya veremos cuando empiece a gatear y la persiga por la casa como se lo toma…