En a penas 2 semanas nos hemos dado cuenta de lo importante que es la rutina para un niño pequeño.

Al volver de las vacaciones, nos incorporamos al trabajar Antonio y yo pero nos repartimos mañana y tarde, porque Mia no tenía guardería hasta Septiembre. Entonces yo me iba por la mañana y cuando llegaba a las 4, se iba Antonio. Todo iba bien hasta que un día, cuando llevamos a Mia a dormir como todos los días después del baño y de cenar, se puso a llorar y gritar como si estuviera poseída. ¡¡La cuna era lava!! Intentaba salir, subiendo la pierna y nos llamaba desesperadamente. No entendíamos nada. Siempre se había dormido bien, echándola en la cuna y diciendo “hasta mañana” y pum, dormida. Algunos decidan que no era normal, que teníamos demasiada suerte.

Conseguíamos calmarla quedándonos con ella, durmiéndola en brazo, en nuestra cama o bajándola al sofá después de más de una hora de intentos frustrados. Y cuando por fin se dormía, despertaba en mitad de la noche llorando y gritando igual. Se nos estremecía el cuerpo.

Una noche incluso Antonio salió corriendo de la habitación sin antes quitar la alarma de la casa (tenemos sensores por todos lados) y empezó a sonar a las 4 de la mañana, con la respectiva llamada del agente, palabra clave y todo esto con la legaña pegada… ¡un show del que la cámara de la alarma nos guardó un bonito recuerdo en forma de foto! 

¿Qué podría haber pasado? ¿Una pesadilla? ¿Algún susto? ¿Algo que le pudiera haber dado miedo? Pensamos en todas las opciones, incluso en los terrores nocturnos. Pero lo descartamos porque Mia estaba consciente cuando acudíamos a ella, no estaba en un estado de “sonambulismo” como tal.

Consultamos a la pediatra, a la profe de la guarde, otras mamis… Llegamos a la conclusión que podía ser por el hecho de que yo no estuviera por las mañanas. Haber estado todo el verano juntos, durmiendo en la misma habitación, sin horarios establecidos, y ahora ver que me iba todos los días durante muchas horas, parece que no lo llevaba muy bien.

Nos aconsejaron ser un poco duros, y no ceder a sus lloros, pero sí estar a su lado y no dejarla llorando desconsolada. Tratar de calmarla y hablar con ella.

Pensábamos que había mutado. Que estábamos cerca de la crisis de los dos años, esa que llaman aDOSlescencia, porque además durante el día estaba insoportable. Todo era NO, me llamaba 200 millones de veces y cuando la miraba de callaba.

Este meme representa perfectamente la situación.

Solo quería mi atención. Era agotador y Antonio y yo estuvimos a punto de perder los nervios varías veces… ¿Dónde estaba la niña buena de antes?

Pues estaba ahí. El problema lo teníais nosotros que con la vuelta habíamos caído en una pequeña depresión post vacacional, que unido al estrés, la ausencia de rutina y demás, habíamos trastornado a Mia, y su cambio de actitud nos afectaba también, por lo que era la pescadilla que se muerde la cola.

Las cosas se estabilizaron, la rutina se hizo con nuestras vidas y con ella la normalidad. Guardería, acostarse temprano, horarios normales…

Mia vuelve a ser esa niña dulce y feliz que nos enamora.

Aunque el tema de la aDOSlescencia me temo que sigue latente… esperemos que se retrase lo máximo posible porque va a ser duro.. Muy duro.